Mostrando entradas con la etiqueta diario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diario. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de marzo de 2012

18.

Autorretrato de la niña (III)




Claudio era el dueño de la tienda de ultramarinos del pueblo. María y yo íbamos siempre corriendo después del colegio y nos regalaba un bollo que teníamos que esconder al salir porque Esperanza, su mujer, se ponía en la puerta para vigilarle. Luego íbamos a comerlo al poyo que daba al valle y casi no hablábamos hasta terminarlo. A veces me dejaba una puntita y la ponía sobre el murete para ver cómo se convertía en una masa negra de hormigas en cuestión de minutos. Cuando era pequeña no me daban asco los bichos y ahora sí. A las seis menos cinco pasaba el tren de Cercanías y a veces bajábamos a la vía a colocar monedas; un viejo truco que nos había enseñado mi madre. Nos escondíamos para verlo pasar y volvíamos corriendo a recoger las pesetillas, ahora láminas finísimas y el doble de grandes. Una vez, María trajo unas cucharas de su casa e hicimos el juego con ellas. Cuando las recogimos parecían matamoscas, y mereció la pena la bronca cuando nos descubrieron. Poco después me moriría por escapar de aquel infierno de pueblo y ahora sólo tengo estos recuerdos. Sé que son falsos y que la nostalgia es mentira; que si volviera no vería el momento de salir corriendo otra vez. Elena me decía el otro día que echaba de menos su infancia, que la infancia es pura. Yo le dije que echaba el bollo a las hormigas, y luego le daba un pisotón.

miércoles, 29 de febrero de 2012

16.

Autorretrato de la niña (II)



En verano en el pueblo hace calor y el campo está muy seco. Se llena todo de un polvo áspero que, cuando cae el sol, enturbia el cielo y hace que el atardecer sea naranja, largo y pesado. En verano hay más gente que durante el resto del año, y creo que eso fue lo primero que me sorprendió al llegar a Madrid ese año y verlo vacío, como si todos sus habitantes hubieran hecho el camino inverso al mío. Todos iban a mi pueblo a pasar las vacaciones, y yo me iba a su ciudad a prepararme para el resto de mi vida. El verano que cumplí 12, mi padre nos dijo a mi hermana y a mí que tenía un trabajo mejor y por eso nos íbamos a Madrid, que ahora iríamos a un colegio más grande y más bonito, pero yo sé que hacía años que se quería marchar del pueblo, desde que murió mi madre; y eso que fue ella quien se mudo ahí por él. La verdad es que yo también lo odiaba. Pasaba mucho tiempo sola y ya casi no veía a María, aunque vivía en la misma calle, porque cuando eres pequeña los amigos vienen y van sin explicación y un día juegas a la rayuela en la alameda y al siguiente no te saludas. Luego quince años después te despiertas en mitad de la noche y te preguntas porqué, pero en seguida te duermes porque aprendemos a olvidar. A los 12 años el pueblo ya no me gustaba y eso era lo que pensaba el día antes de marcharme mientras echaba la tarde con Pablo antes de entrar en casa para cenar. A Pablo tampoco le gustaba ese sitio y me miraba muy triste mientras nos balanceábamos con desgana en el subibaja. Desde hacía meses no se despegaba de mí y sabía que cuando me fuera al día siguiente se iba a quedar solo.
'No te puedes ir', me dijo.
'¿Por qué?'
Odiaba ese pueblo, y ahora también me estaba poniendo triste.
'Creo que me gustan los chicos', y me retiró la mirada, avergonzado.
Seguí balanceándome, sin entender por qué había dicho eso. Me encogí de hombros.
'Pues a mí también.'
Como nunca volví, no le vi más. Imagino que también se marcharía; eso espero. Habría sido tan infeliz ahí.


viernes, 16 de diciembre de 2011

5.


Hay algo de las cenas de Navidad de empresa que me hace pensar en la Nochevieja. Son citas obligadas que en el fondo a nadie apetece pero a la que nadie falta, y tienen la fea costumbre de coincidir en la misma fecha las cenas de todas las empresas, de manera que al final terminas haciendo cola para todo: para la copa, para el taxi, para el pis. Y encima, ya lo sabemos todas, hay que pasárselo muy bien, y agarrarse una de esas que saben a victoria por la mañana. ¡Qué estrés, Virgen Santa! Así no hay quien trabaje.




La única diferencia, en mi caso, es que este año (esta noche) la cena de Navidad sí me apetece. Quizá sea esto de la crisis, que hace que cada fiesta pueda ser de despedida, o sencillamente que tengo muy mala baba, el caso es que me produce un morbo especial. Ya me cuesta imaginarme a mis jefes vistiéndose solos en su casa por la mañana, así que la idea de verles relacionándose con los empleados en un contexto de ocio me parece, si cabe, todavía más surrealista. Todavía me acuerdo de la cena del año pasado, cuando uno de ellos (me abstengo de decir nombres o cargos aquí), con el coraje del tercer gintónic rezumando por cada poro (¿lo oléis bien?), se arrimó a su secretaria utilizando los balances de cuentas como conversación para abrirse el camino a la cama. Esa noche no hubo beneficios, claro. Es que otra cosa que me vuelve loca de estas ocasiones es que al final termina pareciendo una graduación de colegio, en la que todos acaban follando con todos (o lo intentan sin éxito, que, según qué caso, puede ser incluso peor). Con la diferencia de aquí sí se van a volver a ver el lunes. Y esa parte es casi más la divertida.
Además, a estas alturas del partido, cualquier cosa que pague la empresa, bienvenida sea.

lunes, 5 de diciembre de 2011

3.

Anoche, por fin, Elena me pasó las fotos de las bolitas de flamenquín que hicimos como terapia paliativa para la resaca; así que ya puedo subirlas junto con la receta; como prometí la última vez. Me sorprende que siga escribiendo esto, y también que mantenga mis promesas. ¿Me estará convirtiendo la blogosfera en una persona más responsable? Ahora sólo le falta darme puntualidad.

Flamenquín 'Hangover'

ingredientes:

Carne de cerdo picada
Jamón
Medio diente de ajo
-Tomillo y perejil
Un chorrito de vino seco de Jerez
Otro de leche
Queso suave (nosotras teníamos provolone)
Salypimienta
Para empanar:
Harina, huevo y pan rallado.


La habilidad que requiere esta receta es la que se le supone al pre-escolar al que apuntan a clase de manualidades, lo que lo convierte en un éxito seguro si queréis servir un entrante apañao cuando venga alguien a casa.
(Nota: Abstenerse y mantenerse a distancia de seguridad personas a dieta.)



Primero se saca la carne de cerdo y se deja templar un poco para que luego se pueda trabajar mejor. No es imprescindible, pero a mí me resulta desagradable meter las pezuñas en un trozo de carne helada. Mientras, en un mortero, se maja bien el ajo (se puede quitar el nervio para evitar, en la medida de lo posible, el aliento de dragón del ajo), con las hierbas, y luego se le añade el vino y la leche. Con un chorrito pequeño de cada vale, que luego no se hacen las bolas...
Se pican un par de lonchas de jamón.
En un bol grande, se añade a la carne de cerdo el majado de ajo, hieras, vino y leche, con el jamón picado. Se salpimenta y se trabaja bien para que se mezclen los ingredientes y los sabores.

El resto es sencillo y perfecto para hacer en equipo, para ese momento de solidaridad post-etílica. Se coge un poco de la mezcla y se le hace un hueco en el centro para meterle el queso. Luego se aprieta bien para que quede compacta y se le da el tamaño de una pelota de golf. Después se pasa por harina, huevo y pan rallado, y a freír en aceite bien caliente.
Nosotras lo acompañamos con un poco de mahonesa de mostaza y albahaca y unas patatas cocidas y doradas en el horno con un poco de aceite de chile, para que no decayera el valor calórico.


domingo, 27 de noviembre de 2011

1

De pequeña tuve un diario durante una semana que nunca me atreví a abrir. Lo escondí dentro de una caja en lo alto de la estantería de mi habitación porque me daba pánico que lo leyera mi madre. Estaba enamorada de Javi, aquel niño que se sentaba cerca de mí en clase, y que todos los días venía embadurnado en Nenuco y con el pelo perfectamente peinado. Me fascinaba que siempre consiguiera volver a casa con el mismo aspecto impecable, después de correr y jugar por el patio como un loco. A mí me sudaban las manos, y al mirármelas después de jugar en la arena veía puntitos brillantes y pequeños surcos de porquería oscura en las palmas. Me daba vergüenza y siempre las escondía detrás del vestido, que retorcía y estrujaba, nerviosa, a la espalda y lo manchaba, para desesperación de mi madre. Nunca le dije nada a Javi, igual que nunca lo llegué a escribir en aquel cuaderno secreto. Era una niña muy pudorosa.
Hoy me enfrento por primera vez a un blog. En realidad es algo que siempre quise hacer, y que si hasta ahora no he hecho es quizás por ese miedo que ya tenía de pequeña; y porque esto de Internet, a mi edad, me sigue impresionando un poco. Lo uso a diario y de forma casi constante; más ahora que incluso me ha invadido el teléfono móvil; pero no deja de producirme un cierto vértigo el océano de información y la velocidad a la que se sucede. Con tanto tweet, hashtag, y trending topic me da la sensación de que nunca llego, que siempre voy un pasito por detrás. Y eso que mis amigas, ahora que no me oyen (pero espero que me lean), son todas unas tecnofrikis. Se diría que algo se me habría pegado...
Pues vaya, el otro día nos vimos para comer en Le Patrón, y reconozco que una vez más me fui de paseo cuando sacaron sus androides y se pusieron hablar en ese idioma que apenas controlo. Pero esta vez, sin venir a cuento, de repente me acordé de Javi, de ese diario que nunca me atreví a escribir, del pavor y atracción al vacío que me producen las nuevas tecnologías... Y entonces oígo a Gloria decir:
23 comentarios en mi último post.
Pero, ¿la gente lee tu blog? –le pregunté, saliendo de la inopia. Las tres me miraron como si fuera un alienígena; y qué puedo decir... Me sentí como uno. Pues claro que lo leen, me dijeron. El de todas. Todo es saber a quién va dirigido y que lo que pones sea del interés de alguien. Así que debo ser la única del universo que todavía no ha pedido hora en la blogosfera. Luego me quedé pensando, y decidí que por qué no probar. Al fin y al cabo me lo debo. Aunque sea por Javi y lo que no le dije ni escribí sobre él. Ahora que lo pienso, seguro que el tío ahora es un broker agresivo con dos hijos rubios y una Barbie a tamaño real, y me caería fatal. Pero eso ya da igual.