Autorretrato de la niña (III)
Claudio era el dueño de la tienda de ultramarinos del pueblo. María y yo íbamos siempre corriendo después del colegio y nos regalaba un bollo que teníamos que esconder al salir porque Esperanza, su mujer, se ponía en la puerta para vigilarle. Luego íbamos a comerlo al poyo que daba al valle y casi no hablábamos hasta terminarlo. A veces me dejaba una puntita y la ponía sobre el murete para ver cómo se convertía en una masa negra de hormigas en cuestión de minutos. Cuando era pequeña no me daban asco los bichos y ahora sí. A las seis menos cinco pasaba el tren de Cercanías y a veces bajábamos a la vía a colocar monedas; un viejo truco que nos había enseñado mi madre. Nos escondíamos para verlo pasar y volvíamos corriendo a recoger las pesetillas, ahora láminas finísimas y el doble de grandes. Una vez, María trajo unas cucharas de su casa e hicimos el juego con ellas. Cuando las recogimos parecían matamoscas, y mereció la pena la bronca cuando nos descubrieron. Poco después me moriría por escapar de aquel infierno de pueblo y ahora sólo tengo estos recuerdos. Sé que son falsos y que la nostalgia es mentira; que si volviera no vería el momento de salir corriendo otra vez. Elena me decía el otro día que echaba de menos su infancia, que la infancia es pura. Yo le dije que echaba el bollo a las hormigas, y luego le daba un pisotón.




