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domingo, 24 de febrero de 2013

63. Autorretrato de la adolescente (V)



Cuando teníamos dieciséis años nos zambullíamos en la ciudad con un hambre desaforada. Nos la comíamos y aún queríamos más. Nos mirábamos a los ojos y nos reíamos sin poder parar y ni siquiera sabíamos por qué. Vimos amanecer cien veces en verano sin tenerle miedo a la mañana. Robamos todos los besos que pudimos y juramos no devolverlos nunca. También nos quisimos morir porque no se es adolescente hasta que te quieres morir una noche y resucitas a la mañana siguiente. Vivir y morir juntas con una canción de Radiohead de fondo queriéndolo todo, odiándolo todo, y el otro día nos encontramos por la calle y no supimos qué decirnos. Nos miramos pero rehuimos los ojos y me pareció que buscabas palabras de consuelo, que me querías consolar por algo, pero no había razón para ello. Vi lástima en tu rostro y quise decirte que todo está bien, que no hay nada que sentir, pero no encontré las palabras.
Sé quién eres porque conozco tu nombre, porque reconozco tu cara, aunque ya no es la misma, pero no sé quién eres. Te amé tanto y ahora ya no sé qué decir. No eres la misma persona, yo no soy la misma persona. Nuestras historias fueron la misma durante un tiempo, luego se separaron. Ahora tienes un pasado propio que ya no es el mío, y un presente que me es extranjero. A lo mejor es eso lo que lamentas, lo que te hace sentir culpable, la razón por la que me quieres consolar, o quizá querías consolarte a ti. Pero todo está bien, y no hay nada que sentir.

martes, 19 de febrero de 2013

62.



El viento se ha llevado tu bufanda, y con ella el hilo de vida que hoy te sostenía en pie. A veces un pequeño gesto, algo insignificante, nos derriba. Nos rompe por dentro y por fuera, de dentro a fuera; una pluma que hace saltar la catapulta. Hay algo ridículo en que un vendaval como el de hoy consiga lo que no necesitaba más que un suspiro. Qué malgasto de energía. Resulta demasiado patético querer morirse en el momento en el que el aire te agita el pelo de tal forma que pareces un borrón, y que las hojas vuelen por el aire y no sepas si lo que humedece tu rostro es una lágrima o el agua que viene de ninguna parte. Y resulta demasiado patético porque esas cosas sólo ocurren en las películas, y cuando las ves querrías que eso te pasara a ti, porque la heroína sufre, y tú querrías sufrir como ella. Pero en la realidad son tan reales, que parecen de mentira, y dan un poco de risa, se les ve el truco. Te das cuenta de que no sabes si lloras porque el viento se llevó tu bufanda, y con ella el hilo de vida que hoy te sostenía en pie, o si lloras de vergüenza por ser un cliché que pensó que dibujaría una bonita imagen, desolada en una calle arrasada por un viento que te enmaraña el pelo. Pensaste que serías una heroína a la que amaron o quizá estén a punto de amar con locura, y que tu sufrimiento sería bello a los ojos de los espectadores, pero en la calle no hay espectadores. Nadie lo vio, porque la gente no mira por la calle, tan sólo lo sentiste por dentro, de dentro a fuera, y pensaste que el sufrimiento sólo es bello cuando se es testigo de él, y no la víctima. ¿Y sabes qué es lo más triste de todo? Que olvidaste por qué estabas triste, y seguiste caminando como si el viento no te hubiera robado la bufanda.

jueves, 24 de enero de 2013

57.

Reflexiones sobre el matrimonio. Destilación de una conversación grabada a las 02.58 am en un bar de Madrid

I: He estando pensando en lo que hablamos el otro día tiradas en tu sofá...
E: Lo de tu alergia al compromiso.
I: No te rías. Es en serio, y me preocupa. He pensado que la mejor forma de curarme... Curarme suena fatal, ¿no? Tampoco es que esté enferma...
E: No, pero eres muy pesada.
I: Da igual. Que la mejor forma de asentar cabeza y ser una mejor persona, para por fin saber dónde me voy a despertar cada día, es casarme.
E: …
I: Sí. Por la Iglesia. Como Dios manda. El hecho de no creer ni en Dios ni en el matrimonio no tiene nada que ver. Lo importante son los hechos, las acciones, las cosas que cuentan. Las tradiciones y liturgias ancestrales... No puedo dar la espalda a más de mil años de herencia judeocristiana. ¿Crees que soy una cínica?
E: Un poco.
I: Yo también, un poco. Pero también es consecuente.
E: ¿Y con quién te vas a casar?
I: ¿Crees que me podría casar conmigo misma?


martes, 3 de julio de 2012

33.


Sola estás bien. Sola eres más fuerte. Me lo repito como un mantra. Por las mañanas, antes de acostarme, en el metro. Sólo eres libre cuando sólo estás tú. Sin cuerdas, sin arnés, sin red.
A veces la gravedad empuja y deseas que tu mano no agarrara el vacío.


domingo, 12 de febrero de 2012