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domingo, 24 de febrero de 2013

63. Autorretrato de la adolescente (V)



Cuando teníamos dieciséis años nos zambullíamos en la ciudad con un hambre desaforada. Nos la comíamos y aún queríamos más. Nos mirábamos a los ojos y nos reíamos sin poder parar y ni siquiera sabíamos por qué. Vimos amanecer cien veces en verano sin tenerle miedo a la mañana. Robamos todos los besos que pudimos y juramos no devolverlos nunca. También nos quisimos morir porque no se es adolescente hasta que te quieres morir una noche y resucitas a la mañana siguiente. Vivir y morir juntas con una canción de Radiohead de fondo queriéndolo todo, odiándolo todo, y el otro día nos encontramos por la calle y no supimos qué decirnos. Nos miramos pero rehuimos los ojos y me pareció que buscabas palabras de consuelo, que me querías consolar por algo, pero no había razón para ello. Vi lástima en tu rostro y quise decirte que todo está bien, que no hay nada que sentir, pero no encontré las palabras.
Sé quién eres porque conozco tu nombre, porque reconozco tu cara, aunque ya no es la misma, pero no sé quién eres. Te amé tanto y ahora ya no sé qué decir. No eres la misma persona, yo no soy la misma persona. Nuestras historias fueron la misma durante un tiempo, luego se separaron. Ahora tienes un pasado propio que ya no es el mío, y un presente que me es extranjero. A lo mejor es eso lo que lamentas, lo que te hace sentir culpable, la razón por la que me quieres consolar, o quizá querías consolarte a ti. Pero todo está bien, y no hay nada que sentir.

miércoles, 6 de febrero de 2013

lunes, 10 de diciembre de 2012

51.



No nos gusta estar callados. Creo que por eso no nos entendemos; que por eso no nos escuchamos. Como no nos gusta estar callados, llenamos la habitación de ruido y nos atacamos. Empezamos despacio, como un baile, porque todos los comienzos han de ser delicados. Después nos destrozamos hasta que nos consumimos. Entonces nos miramos a los ojos por primera vez, pero ya es tarde, porque ya nos hemos matado. Y todo porque no nos gusta estar callados.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

49.



Tuve un novio que era un yonqui de la música. Pero de verdad. Si se la hubiera podido inyectar, lo habría hecho. Creo que le habría gustado que los días tuvieran una hora más para escucharse un último disco. Quizá era algo más que una obsesión, una necesidad vital tal vez. Aunque soy melómana, no pude aguantar su ritmo. Sí me quedé con una pequeña colección de discos que compraba, escuchaba y luego no podía almacenar; como todas esas cosas que deberían haber sido reclamadas hace tiempo, pero ahora ya no viene a cuento, o da vergüenza, o pereza, y andan desperdigadas por casas de antiguos amantes recordándoles sus vidas pasadas. También me dejó un amor especial por músicos a los que no habría prestado atención si no fuera porque eran la banda de sonora de su vida. Así amé a Tom Waits, a Cash y a John Frusciante, a los terremotos de los grupos alemanes de los 70 y los viajes alucinados de los shoegazers de Oxford. También aprendí que hay músicos a los que, hagan lo que hagan, les seguiré profesando un amor ciego.
Cuando un día me puso el primer disco de The Birthday Party le dije que estaba loco. Después, al cabo del tiempo, me desperté pensando que Nick Cave el nuevo (otro) amor de mi vida. La noche anterior casi había quemado el ‘Henry’s Dream’ de tanto escucharlo y entendí por qué el chico yonqui de la música me había puesto ‘Prayers on Fire’ aquel día.
El lunes salió el nuevo single de Nick Cave & The Bad Seeds, que estará listo en febrero. Me pareció un poco ‘bah’, como casi todo lo que viene haciendo en los últimos años, pero Cave es de esos a los que les perdono todo. Lo que me alegró el día fue este vídeo. Un teaser de la grabación del disco, que parece más una película de suspense que el lanzamiento de un disco, y eso me hizo salivar.


viernes, 26 de octubre de 2012

45.

 
Este hombre está estornudando.
Este hombre está cantando flamenco.
Este hombre tiene sueño.
Este hombre no echa de menos a su hija
porque la chica del fondo no es su hija.
Tampoco es su amada.
Ni siquiera sabe quién es.
Ni siquiera sabe que está en un fotomontaje.
Este hombre no entiende de fotomontajes.

 

martes, 18 de septiembre de 2012

41.




Hay cosas que nos pasan y que si contamos por ahí no nos creen. De pequeña rompí el cristal de un coche con una piedra y cuando confesé no me creyeron porque pensaban que yo no era capaz. El otro día, una plaga de animales asesinos arruinó mi fin de semana. Así de absurdo, así de surrealista, así de real.

A veces el calor -otra vez el calor- levanta cosas inesperadas. Pasiones, incendios, tedio. E insectos. Eso no lo sabíamos ninguno de los que fuimos en agosto a la casa de campo de un amigo. una casa con jardín, piscina y una barbacoa de obra; no puedo pedir más. Está muy bien refugiarse en unos grados menos al amparo de la naturaleza. Ansío escapar del ruido y del asfalto y mi vida necesita un puntito más de verde.




No hemos dejado el equipaje en las habitaciones cuando ya hemos detenido el tiempo y decorado el césped con nuestros cuerpos en un acto de deliciosa holgazanería. Nos movemos despacio, siempre adormilados, hasta que empiezan a caer la noche y las primeras botellas, y despertamos poco a poco. El vino de la tierra es duro, pero frío se deja beber y arropa la garganta como un guante de terciopelo.

Hay una ola de calor en toda de Europa y sudamos sin parar mientras nos reímos. Del calor, del sudor, de la revolución de insectos que celebran con lascivia la noche. Hace un rato que un amigo del anfitrión no me quita ojo y yo finjo no darme cuenta. A veces le regalo un cruce de miradas y noto, cuando aparto la mía, cómo se le enciende el rostro. Mientras, una orquesta de chicharras amenaza con ahogar nuestra conversación, que se hace más intensa a medida que arreglamos el mundo con más pasión; hormigas dibujan líneas negras en el suelo y la mesa para saquear los restos de la cena. Parecemos dos críos apartando la vista cuando se cruzan nuestros ojos. Me ha sonreído cuando le he aguantado la última mirada, y juraría que algo se ha dado la vuelta en mi estómago. No le conozco, pero el juego sí.

La bombilla tiembla a cada sacudida de mariposas y escarabajos. Seguimos sudando y pronto empieza a circular el antimosquitos; nuestra conversación se ha convertido en un concurso de palmas. Alguien es alérgico a los mosquitos y en seguida tiene el gemelo tan grande como su cabeza y, aunque intentamos reírnos y dejar que el vino se ocupe de las preocupaciones, la situación pierde gracia poco a poco. Se hace un silencio en la mesa, sólo se oye un zumbido errático y constante, y el cri-cri en la oscuridad más allá de nuestra luz. Él todavía me mira y noto un roce suave en el tobillo. Sonrío e imagino que me ruborizo. Sube por la pierna, haciéndome cosquillas, y la estiro hacia él. Ahora ya sólo le miro a él y el resto me da igual. Cuando toco su silla con el pie veo que se sobresalta, no se lo esperaba, pero yo le sigo notando en mi pierna. Entonces me quedo helada, y de golpe miro debajo de la mesa. Yo nunca chillo, no hago eso porque soy tranquila. Pero ahora sí, con todas mis fuerzas, porque lo que acaricia mi pierna desnuda no es el pie de un hombre, sino un alacrán del tamaño de Italia. Ya de pie consigo sacudirlo y darle un pisotón, todavía sin aire y creo que chillando todavía, pero ya no oigo nada. A mi alrededor crece la histeria. Una dice que nos vamos a morir todos, otro que no pican. Alguien que acaba de matar otro, y luego otro, porque salen con el calor. Al parecer hay una plaga y están por todas partes. Cuando me sobrepongo y vuelvo a mí, el chico me está mirando como si hubiera visto un fantasma. A lo mejor me ha imaginado muerta, aunque la picadura no hubiera matado. O puede que lo que le dé miedo sea pensar que podría haber sido él. A mí ya me da igual porque sólo quiero irme de ahí.
Así de absurdo, así de surrealista, así de real.


martes, 3 de julio de 2012

33.


Sola estás bien. Sola eres más fuerte. Me lo repito como un mantra. Por las mañanas, antes de acostarme, en el metro. Sólo eres libre cuando sólo estás tú. Sin cuerdas, sin arnés, sin red.
A veces la gravedad empuja y deseas que tu mano no agarrara el vacío.


martes, 12 de junio de 2012

32.

Autorretrato de la niña (IV)


Javi se sentaba muy cerca de mí en clase y siempre olía bien. Me gustaba entrar en clase justo detrás de él para oler su colonia de niños. Luego le miraba de reojo desde mi pupitre. No quería que se diera cuenta, y si se volvía hacia mí en ese momento, fingía mirar algo por la ventana mientras notaba cómo se me aceleraba el pulso y me restregaba las manos contra la falda para secarme el sudor. Luego, en el recreo, siempre le veía correr de un lado para otro con sus amigos, y me fascinaba que fuera el único que nunca se despeinaba, el que al final de día se iba a casa tan impecable como vino. Mi madre me ponía cada mañana un vestido limpio y me recogía el pelo en una coleta muy fuerte pero, hiciera lo que hiciera, siempre volvía con la ropa arrugada y sucia, y los pelos revueltos. Y Javi siempre estaba tan bien peinado y olía tan bien... Una vez le pregunté por qué y me miró sin entender nada. Dijo 'no sé' y se marchó corriendo.

Un día, la profesora nos enseñó un baile. Ya no recuerdo cuál era, ni para qué lo preparamos. Sí recuerdo que había que ponerse por parejas, y que en cuanto recibimos la instrucción miré a Javi, emocionada. Supe de inmediato que ésa era mi oportunidad, quizás la única. No sólo podría estar muy cerca de Javi, tocándole incluso, sino que lo habría ordenado la profe. El primer paso casi lo habían tomado por mí. Salvo que seguía teniendo acercarme a él antes que nadie. Estaba a escasos metros de él, sin decidirme a cogerle de la mano, y le debía mirar con desesperación porque en seguida noté un golpecito en el codo.

-Oye, que con Javi yo, ¿eh?

Era María. Mi amiga María, con la que me comía el bollo todas las tardes, y ahora me dedicaba una mirada asesina. En ese momento me di cuenta de que ella estaba sufriendo lo mismo que yo, y quizá por eso, porque entendí qué estaba pasando y lo que estaba en juego, le dije:

-No.



Un secreto guardado a fuego y meses de silencio echados a perder con tan solo una sílaba. María me zarandeó mientras gritó que ella bailaba con Javi porque estaba colada por él. Recuerdo que usó esas palabras, 'colada por él', y ahora me hacen reír, pero en el momento sólo alcancé a balbucear un triste 'Pues yo más', y le di un empujón. Después estábamos rodando por el suelo, chillando, agarrándonos del pelo hasta que la profe nos separó y las dos nos levantamos hechas un desastre y nos echamos a llorar, cada una por su lado. Ese día nos castigaron sin baile, y nos obligaron a ver cómo el resto de la clase se divertía, pero nosotras no veíamos al resto de la clase, tan solo a Javi, que bailaba con otra, ajeno a todo. Dos niñas se habían zurrado por él, y ni se había enterado.

Esa tarde María y yo nos compramos el bollo juntas, como todas las tardes, pero cada una se lo llevó a su casa. Al día siguiente nos volvimos a encontrar en el poyo como si nada, y nunca volvimos a hablar de Javi.

jueves, 17 de mayo de 2012

28.


Imagino que tenía el día tonto, uno de esos en los que la primera gota que cae ya colma el vaso. La noche anterior había discutido con Elena porque al parecer ninguna de las dos nos habíamos entendido bien y terminamos haciendo las paces alrededor de una montaña de cascos vacíos de cerveza Pacífico. La resaca con ardor de estómago es eléctrica y me genera un poco más de ansiedad.
No sé si fue un ataque de limpieza o de nostalgia absurda, pero de repente estaba subida a una silla bajando cajas viejas de una estantería con la firme intención de liquidarlas. En realidad era lo segundo camuflado de lo primero, porque en seguida buceaba en un mar de recortes viejos –intentos frustrados de hacer collage en papel–, fotos y varios inclasificables, que me producían sensaciones raras. La limpieza ya se había convertido en ese engañabobos que consiste en pasar de un montón a otro la mierda bajo la premisa de 'por si acaso', y de vez en cuando deshacerse de algún papelillo suelto que dé credibilidad a la limpieza, y estaba a punto de entrar en ese estado de estupor que produce sumergirse en recuerdos que por alguna sabia razón han acabado en una caja lejos del alcance de la mano, cuando me encontré con un recorte que había olvidado. Era una nota minúscula de una edición del New York Times de hace tres años, de una sección que publicaba noticias de hacía 100 años, que decía así:


1909 Suicide in Paris Café
After asking the Tzigane orchestra of the Taverne du Capitole, rue Notre Dame de Lorette to play for him seven times the famous waltz “Quand l’amour meurt,” a young Englishman yesterday [Nov. 5] shot himself through the head. He was immediately taken to the Lariboisière Hospital, and died on arriving there without having recovered consciousness. No papers throwing light on his identity were found in his possession, and the police authorities have ordered the body to be conveyed to the Morgue.


La recorté porque pensé que esa noticia tan triste guardaba una gran historia y me convencí de que me sentaría y se me ocurriría en algún momento. Me pregunté quién sería ese joven inglés, al que por azar bauticé como William y a quien sus amigos llamarían Bill, así que nadie le llamaba Bill. Qué tontería, inventarme su nombre. Podría haberme preguntado qué le llevó a creer que merecía la pena morir por amor, o si de verdad era tan profundo ese amor como para suplicar a una orquesta que tocara siete (7) veces una canción con un nombre tan obvio para luego pegarse un tiro. Quizá sólo intentaba que alguien se levantara y le hiciera entrar en razón. Yo creo que no estaba enamorado sino solo; que lo que necesitaba era que alguien le dijera que no merecía la pena. Pero nadie lo hizo porque la gente no hace esas cosas. Pobre Bill (vamos a concederle el honor), a lo mejor todo era verdad y yo estoy aquí diciendo que era un necio, y la necia soy yo en realidad por ser así de cínica.
Cuando ayer encontré la nota busqué la canción y di con esto:



La guapísima Jeanne Moreau, en modo pastoral, presentada por el bueno de Jean Renoir.

También me acordé de Ian Curtis porque, igual que el joven Bill, lo último que hizo antes de suicidarse fue escuchar música. Y resulta que mañana es el aniversario de eso.


¿Qué podemos hacer si no bailar y bailar?