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martes, 19 de febrero de 2013

62.



El viento se ha llevado tu bufanda, y con ella el hilo de vida que hoy te sostenía en pie. A veces un pequeño gesto, algo insignificante, nos derriba. Nos rompe por dentro y por fuera, de dentro a fuera; una pluma que hace saltar la catapulta. Hay algo ridículo en que un vendaval como el de hoy consiga lo que no necesitaba más que un suspiro. Qué malgasto de energía. Resulta demasiado patético querer morirse en el momento en el que el aire te agita el pelo de tal forma que pareces un borrón, y que las hojas vuelen por el aire y no sepas si lo que humedece tu rostro es una lágrima o el agua que viene de ninguna parte. Y resulta demasiado patético porque esas cosas sólo ocurren en las películas, y cuando las ves querrías que eso te pasara a ti, porque la heroína sufre, y tú querrías sufrir como ella. Pero en la realidad son tan reales, que parecen de mentira, y dan un poco de risa, se les ve el truco. Te das cuenta de que no sabes si lloras porque el viento se llevó tu bufanda, y con ella el hilo de vida que hoy te sostenía en pie, o si lloras de vergüenza por ser un cliché que pensó que dibujaría una bonita imagen, desolada en una calle arrasada por un viento que te enmaraña el pelo. Pensaste que serías una heroína a la que amaron o quizá estén a punto de amar con locura, y que tu sufrimiento sería bello a los ojos de los espectadores, pero en la calle no hay espectadores. Nadie lo vio, porque la gente no mira por la calle, tan sólo lo sentiste por dentro, de dentro a fuera, y pensaste que el sufrimiento sólo es bello cuando se es testigo de él, y no la víctima. ¿Y sabes qué es lo más triste de todo? Que olvidaste por qué estabas triste, y seguiste caminando como si el viento no te hubiera robado la bufanda.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

49.



Tuve un novio que era un yonqui de la música. Pero de verdad. Si se la hubiera podido inyectar, lo habría hecho. Creo que le habría gustado que los días tuvieran una hora más para escucharse un último disco. Quizá era algo más que una obsesión, una necesidad vital tal vez. Aunque soy melómana, no pude aguantar su ritmo. Sí me quedé con una pequeña colección de discos que compraba, escuchaba y luego no podía almacenar; como todas esas cosas que deberían haber sido reclamadas hace tiempo, pero ahora ya no viene a cuento, o da vergüenza, o pereza, y andan desperdigadas por casas de antiguos amantes recordándoles sus vidas pasadas. También me dejó un amor especial por músicos a los que no habría prestado atención si no fuera porque eran la banda de sonora de su vida. Así amé a Tom Waits, a Cash y a John Frusciante, a los terremotos de los grupos alemanes de los 70 y los viajes alucinados de los shoegazers de Oxford. También aprendí que hay músicos a los que, hagan lo que hagan, les seguiré profesando un amor ciego.
Cuando un día me puso el primer disco de The Birthday Party le dije que estaba loco. Después, al cabo del tiempo, me desperté pensando que Nick Cave el nuevo (otro) amor de mi vida. La noche anterior casi había quemado el ‘Henry’s Dream’ de tanto escucharlo y entendí por qué el chico yonqui de la música me había puesto ‘Prayers on Fire’ aquel día.
El lunes salió el nuevo single de Nick Cave & The Bad Seeds, que estará listo en febrero. Me pareció un poco ‘bah’, como casi todo lo que viene haciendo en los últimos años, pero Cave es de esos a los que les perdono todo. Lo que me alegró el día fue este vídeo. Un teaser de la grabación del disco, que parece más una película de suspense que el lanzamiento de un disco, y eso me hizo salivar.


jueves, 17 de mayo de 2012

28.


Imagino que tenía el día tonto, uno de esos en los que la primera gota que cae ya colma el vaso. La noche anterior había discutido con Elena porque al parecer ninguna de las dos nos habíamos entendido bien y terminamos haciendo las paces alrededor de una montaña de cascos vacíos de cerveza Pacífico. La resaca con ardor de estómago es eléctrica y me genera un poco más de ansiedad.
No sé si fue un ataque de limpieza o de nostalgia absurda, pero de repente estaba subida a una silla bajando cajas viejas de una estantería con la firme intención de liquidarlas. En realidad era lo segundo camuflado de lo primero, porque en seguida buceaba en un mar de recortes viejos –intentos frustrados de hacer collage en papel–, fotos y varios inclasificables, que me producían sensaciones raras. La limpieza ya se había convertido en ese engañabobos que consiste en pasar de un montón a otro la mierda bajo la premisa de 'por si acaso', y de vez en cuando deshacerse de algún papelillo suelto que dé credibilidad a la limpieza, y estaba a punto de entrar en ese estado de estupor que produce sumergirse en recuerdos que por alguna sabia razón han acabado en una caja lejos del alcance de la mano, cuando me encontré con un recorte que había olvidado. Era una nota minúscula de una edición del New York Times de hace tres años, de una sección que publicaba noticias de hacía 100 años, que decía así:


1909 Suicide in Paris Café
After asking the Tzigane orchestra of the Taverne du Capitole, rue Notre Dame de Lorette to play for him seven times the famous waltz “Quand l’amour meurt,” a young Englishman yesterday [Nov. 5] shot himself through the head. He was immediately taken to the Lariboisière Hospital, and died on arriving there without having recovered consciousness. No papers throwing light on his identity were found in his possession, and the police authorities have ordered the body to be conveyed to the Morgue.


La recorté porque pensé que esa noticia tan triste guardaba una gran historia y me convencí de que me sentaría y se me ocurriría en algún momento. Me pregunté quién sería ese joven inglés, al que por azar bauticé como William y a quien sus amigos llamarían Bill, así que nadie le llamaba Bill. Qué tontería, inventarme su nombre. Podría haberme preguntado qué le llevó a creer que merecía la pena morir por amor, o si de verdad era tan profundo ese amor como para suplicar a una orquesta que tocara siete (7) veces una canción con un nombre tan obvio para luego pegarse un tiro. Quizá sólo intentaba que alguien se levantara y le hiciera entrar en razón. Yo creo que no estaba enamorado sino solo; que lo que necesitaba era que alguien le dijera que no merecía la pena. Pero nadie lo hizo porque la gente no hace esas cosas. Pobre Bill (vamos a concederle el honor), a lo mejor todo era verdad y yo estoy aquí diciendo que era un necio, y la necia soy yo en realidad por ser así de cínica.
Cuando ayer encontré la nota busqué la canción y di con esto:



La guapísima Jeanne Moreau, en modo pastoral, presentada por el bueno de Jean Renoir.

También me acordé de Ian Curtis porque, igual que el joven Bill, lo último que hizo antes de suicidarse fue escuchar música. Y resulta que mañana es el aniversario de eso.


¿Qué podemos hacer si no bailar y bailar?