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miércoles, 15 de agosto de 2012

38.


‘El mañana invade el instante; la idea del lunes echa a perder la realidad del domingo; la perspectiva del infierno venidero extingue el momento presente’.

Michel Onfray – Prólogo de 'La fuerza de existir. Manifiesto hedonista'


Vuelvo a la oficina y me doy cuenta de que he esperado este día con más ansiedad que el comienzo de las vacaciones. Qué clase de masoquismo absurdo hace que me pase el último tercio de éstas anticipando su fin. Algo tiene que ir mal cuando sólo quiero descansar, pero pensar en ello me lo impide. El día antes de incorporarme me siento en el borde de la cama y miro a la nada como en trance. 'No quiero ir. No quiero ir.' Como si fuera el primer día de colegio. Un monje budista con el concepto equivocado; esta meditación no puede ser buena. Luego llego a la oficina y recorro sus pasillos blancos con aprehensión, y miro a mi alrededor asustada, como si de detrás de cada puerta fuera a saltar un monstruo o algo. Los diez grados menos que en la calle se agradecen. El silencio también. No hay nadie. Me toca trabajar sola. La reincorporación podría ser más dolorosa y ahora pienso que a lo mejor he malgastado parte de mis vacaciones anticipando el horror; o puede que esa anticipación sea lo que ha lubricado mi vuelta al matadero.



miércoles, 18 de abril de 2012

24.




Ayer iba a escribir algo pero me vi interrumpida por un vecino con más ganas que aptitud para tocar el piano. Aplaudo su entusiasmo, y una parte de mí le envidia porque soy incapaz de hacer la misma cosa dos veces seguidas, pero a la vez siento una ligera pulsión asesina cada vez que lo pienso. Alguien muy ingenuo pensaría que tener a un estudiante de música al lado supondría horas deliciosas escuchando a Chopin amortiguado por una pared, o que la lectura sería amena porque Liszt en manos de un amateur sonaría tierno y entrañable. Pero me parto de risa -una risa histérica y neurótica, con pelos de loca incluidos- porque es mentira podrida. Después de dos horas de escalas imposibles arriba, escalas absurdas abajo, culminadas con un intento ruinoso de tocar 'Para Elisa' de Beethoven (¿en serio? ¿'Para Elisa'?), estaba que arañaba las paredes. Es una pena porque, entre llamar a su puerta para matarlo o llamar para comérmelo, prefiero lo segundo.
Creo que casi todas hemos fantaseado con músicos. Por lo general tienen una combinación explosiva de sensibilidad, tormento y narcisismo que les hace atractivos a la vez que despreciables, y esas dos cosas juntas les hace irresistibles. Muchas veces no nos gusta algo realmente hasta que no lo odiamos un poco. Así somos. De hecho tengo alguna amiga que sólo sale con músicos; la cantidad de conciertos malos que me he tenido que chupar por culpa de su fetichismo. También es curioso ver cuántos se echan una guitarra al hombro con el único objetivo de calentar la cama, y cuántos de ellos, a pesar de que se les nota demasiado, lo consiguen.
Lo mejor de todo es que, antes de que la falta de talento de mi vecino me convirtiera en Catwoman enfadada, iba a escribir sobre Gioachino Rossini. Como buen epicúreo, a este compositor italiano del siglo XVIII puede que le gustara más comer y beber que la música. De hecho, una vez retirado, se dedicó por entero a estos placeres. Era asiduo a los mejores restaurantes parisinos de la época, y también temido por todos los chefs porque, siendo él mismo aficionado al fogón, acostumbraba a retarles con nuevas ocurrencias y fantasías culinarias. En sus extravagantes invenciones nunca podía faltar el foie-gras, las trufas y el vino de Madeira, y muchas de ellas sobreviven hoy con su apellido por nombre.
Y todo esto viene porque el otro día me hicieron un 'Tournedo Rossini', y porque me di cuenta de que está bien, y es necesario, que haya algo que nos guste más que nuestro trabajo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

21.


Debajo de la oficina hay una cafetería pequeña a la que van todos los currelas de la zona, porque hay café para llevar y es barato, y donde las cuatro mesas están siempre ocupadas por parejas de funcionarias con caras cenicientas que desayunan de 9.30 a 11.30. Me gusta bajar a deshoras, para encontrármela vacía porque me agobian las prisas de la gente ávida de cafeína por la mañana. Suele haber una cola, que va desde la barra hasta la puerta, de trabajadores que no quieren subir a la oficina y que inventan trucos extraños para conseguir que les atiendan primero, como acercarse a la barra por un lado con cara de despistados y fingir que miran algo, y mientras la camarera hace un café le susurran el suyo.
Claudia siempre tiene el aspecto de quien se acaba de caer de la cama y no entiende por qué le han puesto a servir cafés, cuando quien de verdad necesita uno es ella. Tiene el gesto despistado, de mirada perdida y movimiento torpe, que en alguna gente inspira ternura y en otra un odio visceral. Cuando llego, una vez ha pasado el temporal de gente, la cafetería es desoladora y huele a café derramado. Las mesas tienen tazas apiladas y restos de pan con tomate porque hay gente que desayuna sin hambre y otra a la que se le quita cuando piensa en subir otra vez. Claudia recoge muy despacio un caos que le supera y a veces da un poco de lástima.
Esta mañana esperé junto a la barra a que me sirviera el café. Me hablaba mientras cargaba la cazoleta y ponía la taza. Empezó a sonar el zumbido monótono y atronador del molinillo de café y se calló porque no nos oíamos. La miré mientras calentaba la leche y vi que se quedaba absorta, con la vista clavada en la jarra metálica. El café se empezó a desbordar de la taza y Claudia no se daba cuenta. Cuando por fin miró y vio el desastre, dio un salto y corrió a pararlo y a poner uno nuevo.
-Es que le doy al botón de automático y me olvido de apagarlo.
Me lo puso y me confesó:
-La leche hace un remolino cuando empieza a subir la crema, y gira a toda velocidad. Me quedo como hipnotizada mirándolo. Entre eso y el ruido constante, me voy a otro sitio.
Le dio un poco de vergüenza contármelo, pero como no dije nada, sólo sonreí y probé el café, se debió sentir a gusto. Bajó un poco la cabeza y siguió, en tono de confidencia.
-Es que, desde que era pequeña, me invento historias en mi cabeza. Son prácticamente las mismas que entonces, apenas han variado, pero las repaso mentalmente, y me distraigo. Tienen sus personajes y eso, y me las cuento una y otra vez, añadiendo detalles, quitándole otros.
Me hizo gracia averiguar dónde está cuando devuelve el cambio mal o cuando se mueve con parsimonia detrás de la barra mientras desde el otro lado le lanzan dardos de estrés. Pensé que en cierto modo estaba bien, si conseguía que esas historias fueran mejor que su vida siempre tenía un sitio mejor al que ir. También se lamentó porque le daba la sensación de perderse cosas. Le dije que no se torturara con eso.
-De hecho, a veces, cuando conozco a alguien que me gusta, voy siempre un paso por delante. Me imagino cómo puede ser y me invento la relación. Dónde comemos, cómo dormimos, las peleas, las fiestas... La realidad es siempre peor a lo que me imagino, así que a veces me quedo con eso porque en mi fantasía no hay fracaso posible.
-Pero a la mañana siguiente te sigues levantando sola.
-Sí, eso sí.



martes, 31 de enero de 2012

10.





Hay reestructuración. La empresa está dividida en dos sociedades. Dos edificios distintos. Dos clases de empleados. Hoy la oficina huele a cajas de cartón y a tensión eléctrica. A tormenta de verano. Corren quinielas para saber quién se muda al otro edificio, a quién traerán a éste. Por ahora creo que no me muevo, y empieza a oler a gas. Tampoco veo un sólo ejecutivo, y sospecho que están bailando en el otro sitio.

lunes, 30 de enero de 2012

9.



El café me ha sentado mal. Era de ayer y lo he metido en un termo para beberlo de camino. Se me ha olvidado calentarlo porque no llegaba y me he puesto nerviosa al pensar que había prometido dejar de fumar y ya me estaba encendiendo otro pitillo, cuando además sé que en ayunas me da asco. He perdido el metro por los pelos y he pensado que si no hubiera tenido el termo en la mano quizá habría podido correr más rápido. Sé que es mentira porque nunca corro con tacones así que no lo habría hecho; pero lo he pensado, y he tirado el termo a la papelera, sin ni siquiera habérmelo bebido. A lo mejor por eso me ha sentado mal.
En la oficina todo el mundo estaba histérico, y se movía de un lado a otro dando gritos, y cuando he entrado he pensado que igual, al fin y al cabo, sí que llega el fin del mundo. Pero cuando me han visto, todos han parado en seco y se han callado. Me han mirado en silencio, con una mezcla de pánico y pena, y lo primero que he pensado es que también se me había olvidado peinarme; y luego, a juzgar por el caos, que a lo mejor sí era el fin del mundo, y yo con estos pelos.
Pero sí me había peinado. Sólo era que han quitado las subvenciones sobre las que se sustenta la empresa y nos hemos quedado con cara de idiotas. Me pregunto por qué se me queda cara de idiota, o incluso por qué me importa, si en el fondo hago un trabajo que odio. A a lo mejor es que una se acostumbra a todo, y eso me da rabia porque es como morirse un poquito.
Por la mañana he fumado en la oficina y nadie ha dicho nada. Tampoco he hecho nada más. Me he sentado ahí, esperando, a ver si se acababa esto; pero no. Los lunes son eternos cuando no hay trabajo en el trabajo.