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jueves, 12 de julio de 2012

34.


No es fácil tener un cumpleaños feliz cuando es el día al que dedicas un año para que pase desapercibido. De pequeña no lo celebraba porque me daba mucha vergüenza que me felicitaran. A mí me gustaban los cumples de los demás, pero no el mío.

Ayuda también no tener una fecha definida en la que celebrarlo. En mi casa siempre fueron dos. La que marca mi carné de identidad, y la otra, la que juraba mi madre, que era un día después. Un error burocrático en el registro civil o un fallo en la memoria materna que se convirtió en fecha no oficial después de que falleciera. Tengo dos cumpleaños y no sé cuál es el bueno. Igual sí lo sé, y es el del DNI, pero no quiero que sea ese. Qué más da. El caso es que odio las fiestas sorpresas.



El sábado fue mi cumpleaños, y estaba convencida de que me iban a hacer una. Basta que digas que no la quieres para que alguien muy listillo deduzca que, aunque digas que no, en realidad sí, y luego acabas abriendo la puerta de tu casa, recibiendo un '¡Felicidades!' en toda la cara y pensando que si fuera una broma casi tendría más sentido. Con suerte te encuentras a tu jefe borracho en la puerta porque llega tarde y le cantan la canción a él mientras tú te escapas de puntillas (querido Don Draper, todo lo que te habrías ahorrado si se te hubiera ocurrido esto a tiempo...).

Todo esto se me pasa por la cabeza el sábado mientras subo por las escaleras de casa de Elena, con una botella de vino en la mano me y paro a respirar en el descansillo del tercero. Por la tarde me había llamado anunciando que iba a hacer una cena, nada importante, las cuatro de siempre. Mientras espero en la tienda a que me envuelvan el vino me asalta la terrible idea. No me ha felicitado y va a hacer una cena. Huele mal. Pero soy más lista, y la llamo.

'Me sobran dos horas... ¿Me paso ya y te ayudo? No tengo nada que hacer.'

'No, no. Mejor no, tía, que estoy liada y quiero aprovechar para hacer unas cosas antes...'

Dos horas pesan mucho cuando hace calor y sabes que te van a regalar una humillación pública. Pienso en ello. ¿Quién diablos va a venir? Familia no, por favor. Si yo me hiciera una fiesta no sabría a quién invitar, ¿cómo lo van a saber ellas? Me imagino mi reacción y fantaseo con las diferentes opciones. Desde la indolencia a la violencia, todas pasan por darme la vuelta y marcharme.

Y estoy sentada en el rellano con la botella entre las manos, segura de que si la abro y me la bebo ahí me lo pasaré mejor, o me olvidaré de ello. También pienso que no puedo fallarles y que, aunque no quiera, acabaré fingiendo sorpresa y emoción. Siempre he pensado que una fiesta es para quien la organiza, no para el que la recibe. No les puedo hacer eso.

Cuando llamo a la puerta oigo un '¡espera, espera! ¡Un minuto!' y se me sale el corazón por la boca. Debo estar verde porque cuando por fin me abre Elena, envuelta en una toalla y con el pelo mojado, me mira con cara de espanto.

'Tía, ¿te encuentras bien? Que tienes muy mala cara, ¿eh?'

'¿Y la fiesta?'

'¿Qué fiesta?'

'La de mi cumple.'

Entonces se lleva la mano a la boca.

'¡Mierda! ¿Pero no era mañana?'

Y vuelvo a nacer. Me partí de risa y el primer trago de vino me supo a vida. Cenamos en la cocina e hicimos unos espaguetis con tomate, berenjena y albahaca, y creo que fue el mejor cumpleaños de mi vida: improvisado, desapercibido, sencillo y con gente a la que quiero de verdad.

Gracias.


miércoles, 29 de febrero de 2012

16.

Autorretrato de la niña (II)



En verano en el pueblo hace calor y el campo está muy seco. Se llena todo de un polvo áspero que, cuando cae el sol, enturbia el cielo y hace que el atardecer sea naranja, largo y pesado. En verano hay más gente que durante el resto del año, y creo que eso fue lo primero que me sorprendió al llegar a Madrid ese año y verlo vacío, como si todos sus habitantes hubieran hecho el camino inverso al mío. Todos iban a mi pueblo a pasar las vacaciones, y yo me iba a su ciudad a prepararme para el resto de mi vida. El verano que cumplí 12, mi padre nos dijo a mi hermana y a mí que tenía un trabajo mejor y por eso nos íbamos a Madrid, que ahora iríamos a un colegio más grande y más bonito, pero yo sé que hacía años que se quería marchar del pueblo, desde que murió mi madre; y eso que fue ella quien se mudo ahí por él. La verdad es que yo también lo odiaba. Pasaba mucho tiempo sola y ya casi no veía a María, aunque vivía en la misma calle, porque cuando eres pequeña los amigos vienen y van sin explicación y un día juegas a la rayuela en la alameda y al siguiente no te saludas. Luego quince años después te despiertas en mitad de la noche y te preguntas porqué, pero en seguida te duermes porque aprendemos a olvidar. A los 12 años el pueblo ya no me gustaba y eso era lo que pensaba el día antes de marcharme mientras echaba la tarde con Pablo antes de entrar en casa para cenar. A Pablo tampoco le gustaba ese sitio y me miraba muy triste mientras nos balanceábamos con desgana en el subibaja. Desde hacía meses no se despegaba de mí y sabía que cuando me fuera al día siguiente se iba a quedar solo.
'No te puedes ir', me dijo.
'¿Por qué?'
Odiaba ese pueblo, y ahora también me estaba poniendo triste.
'Creo que me gustan los chicos', y me retiró la mirada, avergonzado.
Seguí balanceándome, sin entender por qué había dicho eso. Me encogí de hombros.
'Pues a mí también.'
Como nunca volví, no le vi más. Imagino que también se marcharía; eso espero. Habría sido tan infeliz ahí.


lunes, 6 de febrero de 2012

11.

Autorretrato de la niña (I)

A veces, cuando era niña, antes de venir a Madrid, mi madre se sentaba a hacer los deberes conmigo. Se le daban mal las matemáticas y creo que lo pasaba mal por si suspendía, por no haber sabido ayudarme. A veces se me gastaba la goma, o la perdía, y ella cogía una hogaza de pan y hacía una bola dura con la miga con la que borraba el lápiz. Nunca funcionaba, y yo me ponía nerviosa. Mi madre decía que quedaba bonito, pero ella tampoco se lo creía.