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lunes, 5 de diciembre de 2011

3.

Anoche, por fin, Elena me pasó las fotos de las bolitas de flamenquín que hicimos como terapia paliativa para la resaca; así que ya puedo subirlas junto con la receta; como prometí la última vez. Me sorprende que siga escribiendo esto, y también que mantenga mis promesas. ¿Me estará convirtiendo la blogosfera en una persona más responsable? Ahora sólo le falta darme puntualidad.

Flamenquín 'Hangover'

ingredientes:

Carne de cerdo picada
Jamón
Medio diente de ajo
-Tomillo y perejil
Un chorrito de vino seco de Jerez
Otro de leche
Queso suave (nosotras teníamos provolone)
Salypimienta
Para empanar:
Harina, huevo y pan rallado.


La habilidad que requiere esta receta es la que se le supone al pre-escolar al que apuntan a clase de manualidades, lo que lo convierte en un éxito seguro si queréis servir un entrante apañao cuando venga alguien a casa.
(Nota: Abstenerse y mantenerse a distancia de seguridad personas a dieta.)



Primero se saca la carne de cerdo y se deja templar un poco para que luego se pueda trabajar mejor. No es imprescindible, pero a mí me resulta desagradable meter las pezuñas en un trozo de carne helada. Mientras, en un mortero, se maja bien el ajo (se puede quitar el nervio para evitar, en la medida de lo posible, el aliento de dragón del ajo), con las hierbas, y luego se le añade el vino y la leche. Con un chorrito pequeño de cada vale, que luego no se hacen las bolas...
Se pican un par de lonchas de jamón.
En un bol grande, se añade a la carne de cerdo el majado de ajo, hieras, vino y leche, con el jamón picado. Se salpimenta y se trabaja bien para que se mezclen los ingredientes y los sabores.

El resto es sencillo y perfecto para hacer en equipo, para ese momento de solidaridad post-etílica. Se coge un poco de la mezcla y se le hace un hueco en el centro para meterle el queso. Luego se aprieta bien para que quede compacta y se le da el tamaño de una pelota de golf. Después se pasa por harina, huevo y pan rallado, y a freír en aceite bien caliente.
Nosotras lo acompañamos con un poco de mahonesa de mostaza y albahaca y unas patatas cocidas y doradas en el horno con un poco de aceite de chile, para que no decayera el valor calórico.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

2.


Resaca.
(De resacar)
1. f. Movimiento de retroceso de las olas después de que han llegado a la orilla
2. f. Malestar que padece al despertar quien ha bebido alcohol en exceso.


¿Cómo hace la reina de Inglaterra para reinar por las mañanas?




No sé por qué todavía me sorprendo. A estas alturas del partido tendría que haber aprendido que beber vino tinto y blanco a la vez, mal. Que beber vino y después ginebra, peor. Que vino, después ginebra, y luego vino otra vez, es casi tan bueno como meter la cabeza en el horno. Lo más triste es levantarme y pensar '¡pero, ¿por qué?! Si yo antes...' Yo antes me levantaba como una rosa, y lo único que me dolía era el corazón, si es que me lo habían roto la noche anterior. Y ni siquiera, porque creo que romper corazones era mi departamento... pero, eh, no vengo a hablar de eso. Recuerdo un domingo hace años, a los 21 o así, que me levanté en casa de Elena y nos miramos las dos como si alguien nos estuviera pegando por sorpresa, con los bajos de toda la ruta del bakalao en la cabeza, y con una mezcla imposible de ganas de vomitar y de comernos una hamburguesa del Burger King (estímulo-respuesta sin pies ni cabeza). Ese día conocimos la verdadera resaca. Creo que fue ahí también cuando se inauguró nuestro habitual brunch de los domingos. Es un gesto de complicidad, un acto de amor, una señal de que estamos en el mismo barco que se hunde bajo el peso de una resaca sin precedentes... Ay...
He de reconocer que desde hace un tiempo nos portamos muy bien, y que ya apenas hay domingos con dolor; pero el brunch sigue siendo inamovible. En casa de una o de la otra, solas o con más gente, pero siempre está. Este domingo tocó mi casa, y tocó resaca; de las duras. De las de vino-ginebra-vino. Cuando cae uno de estos días, entramos en una especie de complicidad silenciosa en la que no hace falta hablar, ni sonreír, ni nada, para entendernos... lo único que queremos son grasas saturadas. De forma intravenosa a ser posible. Cualquier atisbo de dieta o régimen quedan relegadas a una insultante risotada cuando se trata de una situación como esta. Venid grasas, a mí, a mi culo, a mis muslos...
Elena me miraba con esos ojillos que se le ponen en los domingos de gloria, mientras trataba de meterse un café a la fuerza, cuando dijo:
Tía, los flamenquines de Córdoba...
Qué asco, cállate, –le dije. Y acto seguido– Ay, unos flamenquines... ¿no?
(Estímulo-respuesta sin pies ni cabeza).
Para hacerlos tenía casi de todo lo necesario en la nevera, pero los filetes de cerdo eran un asco, y al darles golpes para aplanarlos, con la habilidad cirujana de nuestra resaca, los dejamos hechos un cristo y eso no había quien los enrollara. Así que se me ocurrió meter la carne en la trituradora, y convertir los flamenquines en 'bolitas de flamenquín'. El resultado fue una bomba calórica de cerdo, jamón, queso y hierbas divinas que demolió los cimientos de la resaca y nos dibujó sonrisas de felicidad y plenitud.
Quería compartir la receta aquí, porque hicimos unas fotos estupendas, pero la cámara era de Elena, y hasta que no me las mande no las puedo poner. Así que lo prometo para el próximo post.


(Me parto. Mientras escribo esto, escucho esto otro: 



¿Sabíais que 'undertow' significa... ¡Resaca!? Pero de la otra... la del agua.)