No nos gusta estar callados. Creo que por eso no nos
entendemos; que por eso no nos escuchamos. Como no nos gusta estar callados, llenamos
la habitación de ruido y nos atacamos. Empezamos despacio, como un baile, porque
todos los comienzos han de ser delicados. Después nos destrozamos hasta que nos
consumimos. Entonces nos miramos a los ojos por primera vez, pero ya es tarde,
porque ya nos hemos matado. Y todo porque no nos gusta estar callados.
